sábado, 11 de agosto de 2007

La realidad y la ciencia.

LA REALIDAD Y LA CIENCIA
Martín Bonfil Olivera
SOMEDICYT/Dirección General de Divulgación de la Ciencia
A Ana, y a mis compañeros del seminario de los martes.

La filosofía de la ciencia es una disciplina extraña y polémica. Estudia, entre otras cosas, el problema de por qué la ciencia funciona y la relación que existe entre el conocimiento que ésta genera y la realidad que trata de explicar.

Al leer lo anterior, algún lector pudiera pensar que se trata de temas inútiles, pues es un hecho incontrovertible que la ciencia funciona, y si funciona tiene que ser porque representa adecuadamente a la realidad. ¿O no es así? Pareciera entonces que los filósofos de la ciencia se empeñan simplemente en buscarle tres pies al gato.

Y sin embargo, las cosas no son tan sencillas. Aunque muchos científicos no lo sepan —normalmente la formación en ciencia no incluye una preparación en filosofía de la ciencia, probablemente porque un investigador científico estrictamente no la necesita—, la relación entre ciencia y realidad es mucho más compleja de lo que parece.
En un pequeño seminario con mis colegas de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia, hemos estado leyendo un libro introductorio sobre filosofía de la ciencia (¿Qué es esa cosa llamada ciencia?, de Alan F. Chalmers, Siglo XXI, 1984). En él se presenta en forma ordenada un panorama de estos problemas.

El primer punto es que, al contrario de lo que se nos enseña en la escuela —y de lo que parece indicar el sentido común—, las hipótesis acerca de la naturaleza no se formulan después de una observación objetiva y libre de prejuicios. El hecho mismo de hacer una observación —de elegir estudiar ciertos aspectos de la naturaleza y no otros— implica ya supuestos de tipo teórico. En palabras de Chalmers, “la observación depende de la teoría”.

Otro problema fundamental es el de la inducción. Para llegar a generalizaciones acerca del comportamiento de la naturaleza a partir de cierto número —necesariamente finito— de observaciones (o experimentos, para el caso es lo mismo), se requiere de hacer un salto inductivo (de lo particular a lo general) que es imposible de justificar lógicamente. Suponer que el hecho de que un fenómeno se haya repetido todas las veces que lo hemos estudiado implica necesariamente que se repetirá siempre es suponer mucho. Y la ciencia, al igual que la vida diaria, está llena de ejemplos en los que el uso de la inducción lleva a aceptar suposiciones erróneas.

A partir de estos y otros interesantes retos, Chalmers muestra cómo han surgido diferentes visiones que tratan de explicar cómo es que la ciencia, a pesar de estas limitaciones, logra tener el indiscutible éxito que tiene. El falsacionismo de Karl Popper, la visión histórica de las revoluciones científicas de Thomas Kuhn (el gran relativista de clóset), el anarquismo de Paul Feyerabend y otras más desfilan por las páginas del libro (y provocan, al menos en nuestro seminario, intensas discusiones).
Ya hacia el final, Chalmers presenta dos visiones opuestas de la relación entre ciencia y realidad que son adoptadas por distintos filósofos. Una es el llamado realismo, que en términos simples corresponde a pensar que existe una realidad ahí afuera de nuestras cabezas (hay quien no lo da por sentado, pero eso es otro tema que no tiene mucho sentido considerar cuando se habla de ciencia), y que las teorías científicas que construimos son representaciones fieles de esta realidad.

Para el realista, los átomos, los electrones y los campos magnéticos existen realmente en la naturaleza.

La visión alterna, el llamado instrumentalismo, asume que, aunque existe un universo, nuestras teorías acerca de él son sólo modelos, representaciones más o menos arbitrarias que a lo único que aspiran es a ser herramientas útiles. Un ejemplo extremo es la mecánica cuántica, que produce resultados numéricamente correctos acerca del comportamiento de las partículas subatómicas, aunque nadie sepa realmente qué quieren decir esos números. Para el instrumentalista, las fuerzas, los campos, los electrones o los genes no son más que “cómodas ficciones”, dice Chalmers. Actuamos “como si” existieran, y eso nos permite construir cohetes, bombas o computadoras que funcionan, pero no hay que suponer que tienen existencia real.
A primera vista, parecería que el instrumentalista es sólo alguien muy necio, hasta que se consideran los puntos a su favor. Si existen realmente los conceptos con los que trabaja la ciencia, ¿cómo es posible que cambien con el tiempo? En efecto: en la época de Newton, los conceptos de espacio, tiempo, masa y energía tenían significados que son totalmente incompatibles con los que se aceptan actualmente, a la luz de las teorías einstenianas. El tiempo y el espacio, por ejemplo, dejan de ser absolutos y cambian según el estado de movimiento del observador. ¿Quiere esto decir simplemente que Newton se equivocó y Einstein tiene la razón? No es lo que hubieran dicho los científicos pre-einstenianos. ¿Y qué pasa si viene una nueva revolución que cambie nuestros conceptos al respecto? Resultará ahora que el continuo espacio-tiempo de Einstein siempre no existía, que lo que existe es otra cosa y todo era un simple error? La historia de la ciencia muestra que esta visión simplista no se sostiene.
Por otro lado, un instrumentalismo extremo resulta muy insatisfactorio, pues tira por la borda el propósito inicial de la ciencia: describir y explicar la naturaleza.

Tendríamos que conformarnos con decir que no podemos más que construir modelos que funcionan, pero que no necesariamente coinciden con lo que existe.

¡Qué triste! Además, hay el hecho de que a veces esas teorías llegan a predecir nuevos fenómenos que antes no se conocían. ¿Cómo podrían lograrlo si son simples ficciones sin mayor relación con la realidad?
En cierto sentido, el realista y el instrumentalista se parecen a los amantes en relación con el amor. Algunos pueden vivir a gusto y satisfechos con una pareja que los trate bien, que sea buen proveedor(a), que sea cariños@, buen amante, buena amiga, confiable. Aun cuando esa persona no esté realmente enamorada.

Otros no podrían aceptar nunca una situación así: la simple “costumbre” es una farsa; sólo el amor verdadero tiene sentido. Todos conocemos casos de noviazgos —y hasta matrimonios— que han terminado porque uno de los miembros de la pareja no puede ser deshonest@ consigo mism@.
¿Quién tiene la razón? No se puede decidir; son visiones distintas. Quizá ambas posturas, realista e instrumentalista, son válidas. O quizá se puede tratar de reconciliarlas. Una amiga querida, que además de ser divulgadora de la ciencia y novelista, toca el cello, es ama de casa y madre, me dijo que desearía vivir varias vidas a la vez, para ser cellista en una, novelista en otra, divulgadora en una tercera, etcétera. No se había dado cuenta de que ya tiene esas vidas simultáneas.
Tal vez vivir “como si” se estuviera enamorado es estar enamorado. Quizá esa “costumbre” de vivir juntos, compartir la vida, el cariño, los intereses y las responsabilidades puede ser el elusivo amor. Y quizá también esas teorías y modelos que los científicos construyen y usan “como si” fueran ciertos, quizá la percepción y las representaciones que construimos de la realidad sean a lo que nos referimos cuando hablamos de “realidad”.
O tal vez no. Por eso hay filósofos que se dedican toda su vida a estudiar estas cosas.
Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

Fuente: ídem. p.p. 434-436.
MESOGRAFÍA

2 comentarios:

Anónimo dijo...

MUY CHEVERE EL ARTICULO

Ion dijo...

Excelente artículo que hace pensar en qué tipo de sociedad nos encontramos. Al mismo tiempo confirma que el camino no es del todo equivocado, ya que la ciencia al igual que el ser humano sigue caminando aunque sea a gatas
Gracias