sábado, 11 de agosto de 2007

Locke: ensayo sobre el entendimiento humano.

LOCKE
Texto 1A

ENSAYO SOBRE EL ENTENDIMIENTO HUMANO,
libro II, caps. 1, 2, 8, 12

CAPÍTULO 1
De las ideas en general y de su origen

§ 1. La idea es el objeto del pensamiento.

Puesto que todo hombre es consciente para sí mismo de que piensa, y siendo aquello en que su mente se ocupa, mientras está pensando, las ideas que están allí, no hay duda de que los hombres tienen en su mente varias ideas, tales como las expresadas por las palabras blancura, dureza, dulzura, pensar, moción, hombre, elefante, ejército, ebriedad y otras. Resulta, entonces, que lo primero que debe averi­guarse es cómo llega a tenerlas. Ya sé que es doctrina recibida que los hombres tienen ideas innatas y ciertos caracteres originarios impresos en la mente desde el primer momento de su ser. Semejante opi­nión ha sido ya examinada por mí con detenimiento, y supongo que cuanto tengo dicho en el libro ante­rior será mucho más fácilmente admitido una vez que haya mostrado de dónde puede tomar el entendi­miento todas las ideas que tiene, y por qué vías y grados pueden penetrar en la mente, para lo cual invo­caré la observación y la experiencia de cada quien.
§ 2. Todas las ideas vienen de la sensación o de la reflexión.

Supongamos, entonces, que la mente sea, como se dice, un papel en blanco, limpio de toda inscripción, sin ninguna idea. ¿Cómo llega a tenerlas? ¿De dónde se hace la mente con ese prodigioso cúmulo, que la activa e ilimitada imaginación del hombre ha pintado en ella, en una variedad casi infinita? ¿De dónde saca todo ese material de la razón y del conocimiento? A esto contesto con una sola palabra: de la expe­riencia; he allí el fundamento de todo nuestro conocimiento, y de allí es de donde en última instancia se deriva. Las observaciones que hacemos acerca de los objetos sensibles externos o acerca de las opera­ciones internas de nuestra mente, que percibimos, y sobre las cuales reflexionamos nosotros mismos, es lo que provee a nuestro entendimiento de todos los materiales del pensar. Esta son las dos fuentes del conocimiento de donde dimanan todas las ideas que tenemos o que podamos naturalmente tener.
§ 3. Los objetos de la sensación, uno de los orígenes de las ideas.

En primer lugar, nuestros sentidos, que tienen trato con objetos sensibles particulares, transmiten res­pectivas y distintas percepciones de cosas a la mente, según los variados modos en que esos objetos los afectan, y es así como llegamos a poseer esas ideas que tenemos del amarillo, del blanco, del calor, del frío, de lo blando, de lo duro, de lo amargo, de lo dulce, y de todas aquellas que llamamos cualidades sensibles. Cuando digo que eso es lo que los sentidos transmiten a la mente, quiero decir que ellos transmiten desde los objetos externos a la mente lo que en ella produce aquellas percepciones. A esta gran fuente que origina el mayor número de las ideas que tenemos, puesto que dependen totalmente de nuestros sentidos y de ellos son transmitidas al entendimiento, la llamo sensación.
§ 4. Las operaciones de nuestra mente, el otro origen de las ideas.

Pero, en segundo lugar, la otra fuente de donde la experiencia provee de ideas al entendimiento es la percepción de las operaciones interiores de nuestra propia mente al estar ocupada en las ideas que tiene; las cuales operaciones, cuando el alma reflexiona sobre ellas y las considera, proveen al entendi­miento de otra serie de ideas que no podrían haberse derivado de cosas externas: tales son las ideas de percepción, de pensar, de dudar, de creer, de razonar, de conocer, de querer y de todas las diferentes actividades de nuestras propias mentes, de las cuales, puesto que tenemos de ellas conciencia y pode­mos observarlas en nosotros mismos, recibimos en nuestro entendimiento ideas tan distintas como reci­bimos de los cuerpos que afectan a nuestros sentidos. Esta fuente de ideas la tiene todo hombre en sí mismo, y aunque no es un sentido, ya que no tiene nada que ver con objetos externos, con todo se pa­rece mucho y puede llamársele con propiedad sentido interno. Pero, así como a la otra la llamé sensa­ción, a ésta la llamo reflexión, porque las ideas que ofrece son sólo aquellas que la mente consigue al reflexionar sobre sus propias operaciones dentro de sí misma. Por lo tanto, en lo que sigue de este dis­curso, quiero que se entienda por reflexión esa advertencia que hace la mente de sus propias operacio­nes y de los modos de ellas, y en razón de los cuales llega el entendimiento a tener ideas acerca de tales operaciones. Estas dos fuentes, digo, a saber: las cosas externas materiales, como objetos de sen­sación, y las operaciones internas de nuestra propia mente, como objetos de reflexión, son, para mí, los únicos orígenes de donde todas nuestras ideas proceden inicialmente. Aquí empleo el término “opera­ciones” en un sentido amplio para significar, no tan sólo las acciones de la mente respecto a sus ideas, sino ciertas pasiones que algunas veces surgen de ellas, tales como la satisfacción o el desasosiego que cualquier idea pueda provocar.

§ 5. Todas nuestras ideas son o de la una o de la otra clase.

Me parece que el entendimiento no tiene el menor vislumbre de alguna idea que no sea de las que re­cibe de unos de esos dos orígenes. Los objetos externos proveen a la mente de ideas de cualidades sensibles, que son todas esas diferentes percepciones que producen en nosotros: y la mente provee al entendimiento con ideas de sus propias operaciones. Si hacemos una revisión completa de todas estas ideas y de sus distintos modos, combinaciones y relaciones, veremos que contienen toda la suma de nuestras ideas, y que nada tenemos en la mente que no proceda de una de esas dos vías.

Examine cualquiera sus propios pensamientos y hurgue a fondo en su propio entendimiento, y que me diga, des­pués, si todas las ideas originales que tiene allí no son de las que corresponden a objetos de sus senti­dos, o a operaciones de su mente, consideradas como objetos de su reflexión. Por más grande que se imagine el cúmulo de los conocimientos alojados allí, verá, si lo considera con rigor, que en su mente no hay más ideas que las que han sido impresas por conducto de una de esas dos vías, aunque, quizá, combinadas y ampliadas por el entendimiento con una variedad infinita, como veremos más adelante.

CAPÍTULO 2
De las ideas simples

§ 1. Apariencias no compuestas.

Para entender mejor la naturaleza, el modo y el alcance de nuestro conocimiento, es de observarse cui­dadosamente una circunstancia respecto a las ideas que tenemos, y es que algunas de ellas son simples y algunas son complejas.
Aun cuando las cualidades que afectan a nuestros sentidos están, en las cosas mismas, tan unidas y mezcladas que no hay separación o distancia entre ellas, con todo, es llano que las ideas que esas cua­lidades producen en la mente le llegan, por vía de los sentidos, simples y sin mezcla. Porque si bien es cierto que la vista y el tacto toman frecuentemente del mismo objeto y al mismo tiempo ideas diferentes, como cuando un hombre ve a un tiempo el movimiento y el color, y cuando la mano siente la suavidad y el calor de un mismo trozo de cera, sin embargo, las ideas simples así unidas en un mismo objeto son tan perfectamente distintas como las que llegan por diferentes sentidos. La frialdad y la dureza, que un hombre siente en un pedazo de hielo, son, en la mente, ideas tan distintas como el aroma y la blancura de un lirio, o como el sabor del azúcar y el aroma de una rosa. Y nada hay más llano para un hombre que la percepción clara y distinta que tiene de esas ideas simples; las cuales, siendo cada una en sí misma no compuesta, no contienen nada en sí, sino una apariencia o concepción uniforme en la mente, que no puede ser distinguida en ideas diferentes.

§ 2. La mente no puede ni hacerlas ni destruirlas.

Estas ideas simples, los materiales de todo nuestro conocimiento, le son sugeridas y proporcionadas a la mente por sólo esas dos vías arriba mencionadas, a saber: sensación y reflexión. Una vez que el enten­dimiento está provisto de esas ideas simples tiene el poder de repetirlas, compararlas y unirlas en una variedad casi infinita, de tal manera que puede formar a su gusto nuevas ideas complejas. Empero, el más elevado ingenio o el entendimiento más amplio, cualquiera que sea la agilidad o variedad de su pensamiento, no tiene el poder de inventar o idear en la mente ninguna idea simple nueva que no pro­ceda de las vías antes mencionadas; ni tampoco le es dable a ninguna fuerza del entendimiento destruir las que ya están allí; ya que el imperio que tiene el hombre en este pequeño mundo de su propio enten­dimiento se asemeja mucho al que tiene respecto al gran mundo de las cosas visibles, donde su poder, como quiera que esté dirigido por el arte y la habilidad, no va más allá de componer y dividir los materia­les que están al alcance de su mano; pero es impotente para hacer la más mínima partícula de materia nueva, o para destruir un solo átomo de lo que ya está en ser. Igual incapacidad encontrará en sí mismo todo aquel que se ponga a modelar en su entendimiento cualquier idea simple que no haya recibido por sus sentidos, procedente de objetos externos, o por la reflexión que haga sobre las operaciones de su propia mente acerca de ellas. Y yo quisiera que alguien tratase de imaginar un sabor jamás probado por su paladar, o de formarse la idea de un aroma nunca antes olido; y cuando pueda hacer esto, yo con­cluiré también que un ciego tiene ideas de los colores, y que un sordo tiene nociones distintas y verdade­ras de los sonidos.
§ 3. Sólo son imaginables las cualidades que afectan a los sentidos.

Ésta es la razón por la cual, aunque no podamos creer que sea imposible para Dios hacer una criatura con otros órganos y más vías que le comuniquen a su entendimiento la noticia de cosas corpóreas, además de esas cinco, según usualmente se cuentan, con que dotó al hombre, por esa razón pienso, sin embargo, que no es posible para nadie imaginarse otras cualidades en los cuerpos, como quiera que estén constituidos, de las cuales se pueda tener noticia, fuera de sonidos, gustos, olores y cualidades visibles y tangibles. Y si la humanidad hubiese sido dotada de tan sólo cuatro sentidos, entonces, las cualidades que son el objeto del quinto sentido estarían tan alejadas de nuestra noticia, de nuestra ima­ginación y de nuestra concepción, como pueden estarlo ahora las que pudieran pertenecer a un sexto, séptimo u octavo sentidos, y de los cuales no podría decirse, sin gran presunción, si algunas otras criatu­ras no los tienen en alguna otra parte de este dilatado y maravilloso universo. Quien no tenga la arrogan­cia de colocarse a sí mismo en la cima de todas las cosas, sino que considere la inmensidad de este edificio y la gran variedad que se encuentra en esta pequeña e inconsiderable parte suya que le es fami­liar, quizá se vea inclinado a pensar que en otras mansiones del universo puede haber otros y distintos seres inteligentes, de cuyas facultades tiene tan poco conocimiento o sospecha, como pueda tenerlo una polilla encerrada en la gaveta de un armario, de los sentidos o entendimiento de un hombre, ya que se­mejante variedad y excelencia convienen a la sabiduría y poder del Hacedor. Aquí he seguido la opinión común de tener el hombre solamente cinco sentidos, aunque, quizá, puedan con justicia contarse más; pero ambas suposiciones sirven por igual a mi actual propósito.

CAPÍTULO 8
Otras consideraciones acerca de las ideas simples

§ 7. Ideas en la mente, cualidades en los cuerpos.

Para mejor descubrir la naturaleza de nuestras ideas y para discurrir inteligiblemente acerca de ellas será conveniente distinguirlas en cuanto que son ideas o percepciones en nuestra mente, y en cuanto que son modificaciones de materia en los cuerpos que causan en nosotros dichas percepciones. Y ello, para que no pensemos (como quizá se hace habitualmente) que las ideas son exactamente las imáge­nes y semejanzas de algo inherente al objeto que las produce, ya que la mayoría de las ideas de sensa­ción no son más en la mente la semejanza de algo que exista fuera de nosotros, que los nombres que las significan son una semejanza de nuestras ideas, aunque al escuchar esos nombres no dejan de pro­vocarlas en nosotros.
§ 8. Nuestras ideas y las cualidades del cuerpo.

Todo aquello que la mente percibe en sí misma, o todo aquello que es el objeto inmediato de percepción, de pensamiento o de entendimiento, a eso llamo idea; en cuanto al poder de producir cualquier idea en la mente, lo llamo cualidad del objeto en que reside ese poder. Así, una bola de nieve tiene el poder de producir en nosotros las ideas de blanco, frío y redondo; a esos poderes de producir en nosotros esas ideas, en cuanto que están en la bola de nieve, los llamo cualidades; y en cuanto son sensaciones o percepciones en nuestro entendimiento, los llamo ideas; de las cuales ideas, si algunas veces hablo como estando en las cosas mismas, quiero que se entienda que me refiero a esas cualidades en los objetos que producen esas ideas en nosotros.
§ 9. Cualidades primarias.

Así consideradas, las cualidades en los cuerpos son, primero, aquellas enteramente inseparables del cuerpo, cualquiera que sea el estado en que se encuentre, y tales que las conserva constantemente en todas las alteraciones y cambios que dicho cuerpo pueda sufrir a causa de la mayor fuerza que pueda ejercerse sobre él. Esas cualidades son tales que los sentidos constantemente las encuentran en cada partícula de materia con bulto suficiente para ser percibida, y tales que la mente las considera como in­separables de cada partícula de materia aun cuando sean demasiado pequeñas para que nuestros sen­tidos puedan percibirlas individualmente. Por ejemplo, tomemos un grano de trigo y dividámoslo en dos partes; cada parte todavía tiene solidez, extensión, forma y movilidad. Divídase una vez más, y las partes aún retienen las mismas cualidades; y si se sigue dividiendo hasta que las partes se hagan insensibles, retendrán necesariamente, cada una de ellas, todas esas cualidades. Porque la división (que es todo cuanto un molino o un triturador o cualquier otro cuerpo le hace a otro al reducirlo a partes insensibles) no puede jamás quitarle a un cuerpo la solidez, la extensión, la forma y la movilidad, sino que tan sólo hace dos o más distintas y separadas masas de materia de la que antes era una; todas las cuales, con­sideradas desde ese momento como otros tantos cuerpos distintos, hacen un cierto número determi­nado, una vez hecha la división. A esas cualidades llamo cualidades originales o primarias de un cuerpo, las cuales, creo, podemos advertir que producen en nosotros las ideas simples de la solidez, la exten­sión, la forma, el movimiento, el reposo y el número.
§ 10. Cualidades secundarias.

Pero, en segundo lugar, hay cualidades tales que en verdad no son nada en los objetos mismos, sino poderes de producir en nosotros diversas sensaciones por medio de sus cualidades primarias, es decir, por el bulto, la forma, la textura y el movimiento de sus partes insensibles, como son colores, sonidos, gustos, etc. A éstas llamo cualidades secundarias. Podría añadirse una tercera clase, que todos admiten no ser sino poderes, aunque sean cualidades tan reales en el objeto como las que yo, para acomodarme a la manera común de hablar, llamo cualidades, pero que, para distinguirlas, llamo cualidades secunda­rias. Porque el poder del fuego de producir un nuevo color o una consistencia distinta en la cera o en el barro por medio de sus cualidades primarias, tan es una cualidad del fuego, como lo es el poder que tiene para producir en mí, por medio de esas mismas cualidades primarias, a saber: bulto, textura y mo­vimiento de sus partes insensibles, una nueva idea o sensación de calor o ardor que no sentía antes.
§ 11. Cómo producen sus ideas las cualidades primarias.

La próxima cosa que debe considerarse es cómo los cuerpos producen ideas en nosotros, y manifiesta­mente, la única manera en que podemos concebir que operen los cuerpos es por impulso.

§ 12. Por movimientos externos y en nuestro organismo.

Si, por lo tanto, los objetos externos no se unen a nuestra mente cuando producen ideas en ella, y, sin embargo, percibimos esas cualidades originales de aquellos objetos que individualmente caen bajo nuestros sentidos, es evidente que habrá algún movimiento en esos objetos que, afectando a algunas partes de nuestro cuerpo, se prolongue por conducto de nuestros nervios o espíritus animales hasta el cerebro o el asiento de la sensación, hasta producir en nuestra mente las ideas particulares que tenemos acerca de dichos objetos. Y puesto que la extensión, la forma, el número y el movimiento de cuerpos de grandor observable pueden percibirse a distancia por medio de la vista, es evidente que algunos cuerpos individualmente imperceptibles deben venir de ellos a los ojos, y de ese modo comunican al cerebro al­gún movimiento que produce esas ideas que tenemos en nosotros acerca de tales objetos.
§ 13. Cómo producen sus ideas las cualidades secundarias.

De un modo igual al que se producen en nosotros las ideas de estas cualidades originales, podemos concebir que también se producen las ideas de las cualidades secundarias, es decir, por la operación de partículas insensibles sobre nuestros sentidos. Porque es manifiesto que hay cuerpos, y cuerpos en gran cantidad, cada uno de los cuales es tan pequeño que no podemos por nuestros sentidos descubrir ni su volumen, ni su forma, ni su movimiento, como es evidente respecto a las partículas del aire y del agua, y respecto a otras extremadamente más pequeñas que ésas; quizá tanto más pequeñas que las partículas de aire y de agua, como más pequeñas son las partículas de aire y agua respecto a un guisante o a un granizo. Vamos a suponer, entonces, que los diferentes movimientos y formas, volumen y número de tales partículas, al afectar a los diversos órganos de nuestros sentidos, producen en nosotros esas dife­rentes sensaciones que nos provocan los colores y olores de los cuerpos; que una violeta, por ejemplo, por el impulso de tales partículas insensibles de materia, de formas y volumen peculiares y en diferentes grados y modificaciones de sus movimientos, haga que las ideas del color azul y del aroma dulce de esa flor se produzcan en nuestra mente. En efecto, no es más imposible concebir que Dios haya unido tales ideas a tales movimientos con los cuales no tienen ninguna similitud, que concebir que haya unido la idea de dolor al movimiento de un pedazo de acero que divide nuestra carne, movimiento respecto al cual esa idea de dolor no guarda ninguna semejanza.
§ 14. Las cualidades secundarias dependen de las primarias.

Cuanto he dicho tocante a los colores y olores, puede entenderse también respecto a gustos, sonidos y demás cualidades sensibles semejantes, las cuales, cualquiera que sea la realidad que equivocada­mente les atribuimos, no son nada en verdad en los objetos mismos, sino poderes de producir en noso­tros diversas sensaciones, y dependen de aquellas cualidades primarias, a saber: volumen, forma, tex­tura y movimiento de sus partes, como ya dije.
§ 15. Las ideas de las cualidades primarias son semejanzas; no así las ideas de las cualidades secundarias.

De donde, creo, es fácil sacar esta observación: que las ideas de las cualidades primarias de los cuerpos son semejanzas de dichas cualidades, y que sus modelos realmente existen en los cuerpos mismos; pero que las ideas producidas en nosotros por las cualidades secundarias en nada se les asemejan. Nada hay que exista en los cuerpos mismos que se asemeje a esas ideas nuestras. En los cuerpos a los que denominamos de conformidad con esas ideas, sólo son un poder para producir en nosotros esas sensaciones; y lo que en idea es dulce, azul o caliente, no es, en los cuerpos que así llamamos, sino cierto volumen, forma y movimiento de las partes insensibles de los cuerpos mismos.

CAPÍTULO 12
De las ideas complejas

§ 1. Son las que la mente compone de ideas simples.

Hasta aquí hemos considerado aquellas ideas para cuya recepción la mente es sólo pasiva, es decir, aquellas ideas simples que recibe por las vías de la sensación y de la reflexión, antes mencionadas, de manera que la mente no puede producir por sí sola una de esas ideas, ni tampoco puede tener ninguna idea que no consista enteramente en ellas. Pero aunque es cierto que la mente es completamente pa­siva en la recepción de todas sus ideas simples, también es cierto que ejerce varios actos propios por los cuales forma otras ideas, compuestas de sus ideas simples, las cuales son como los materiales y fun­damento de todas las demás. Los actos de la mente por los cuales ejerce su poder sobre sus ideas sim­ples son principalmente estos tres:

1.- Combinar varias ideas simples en una idea compuesta; así es como se hacen todas las ideas complejas.

2.- El segundo consiste en juntar dos ideas, ya sean simples o complejas, para ponerlas una cerca de la otra, de tal manera que pueda verlas a la vez sin combinarlas en una; es así como la mente obtiene todas sus ideas de re­laciones.

3.- El tercero consiste en separarlas de todas las demás ideas que las acompañan en su existencia real; esta ope­ración se llama abstracción, y es así como la mente hace todas sus ideas generales. Todo esto muestra cuál es el poder del hombre, y que su modo de operar es más o menos el mismo en los mundos material e intelectual. Porque en ambos casos los materiales de que dispone son tales que el hombre no tiene poder sobre ellos, ni para fabricarlos, ni para destruirlos; cuanto puede hacer el hombre es, o bien unirlos, o bien colocar uno junto al otro, o bien separarlos completamente. Comenzaré aquí con la primera operación, visto el propósito que tengo de estudiar las ideas complejas, y pasaré a examinar las otras dos en el sitio que les corresponde. Así como se observa que las ideas simples existen unidas en diversas combinaciones, así la mente tiene el poder de consi­derar a varias ideas unidas, como una sola idea, y eso es así no sólo según se dan unidas en los objetos exter­nos, sino según ella misma las ha unido. A las ideas así hechas de varias ideas simples unidas las llamo ideas complejas. Tales son belleza, gratitud, un hombre, un ejército, el universo. Y aunque son compuestas de varias ideas simples, o de ideas complejas formadas de ideas simples, sin embargo, cuando la mente quiere, las con­sidera a cada una, en sí misma, como una cosa entera significada por un nombre.

§ 2. Las ideas complejas se hacen a voluntad.

Por esta facultad de repetir y unir sus ideas, la mente tienen un gran poder en variar y en multiplicar los objetos de sus pensamientos, infinitamente más allá de lo que le proporcionan la sensación y la reflexión. Pero todo esto no se sale de las ideas simples que la mente recibe de esas dos fuentes, ideas que son, en definitiva, los materiales de todas las composiciones que haga. Porque las ideas simples provienen todas de las cosas mismas, y de esa clase de ideas la mente no puede tener ni más ni otras que las que le son sugeridas. No puede tener otras ideas de las cualidades sensibles fuera de las que le llegan del exterior por los sentidos, ni ninguna otra idea de distintas especies de operaciones de una substancia pensante, que no sean las que encuentra en sí misma. Empero, una vez que la mente tiene ya esas ideas simples, no queda reducida a la mera observación y a lo que se presenta del exterior; puede, por su propio poder, unir esas ideas que ya tiene, y producir nuevas ideas complejas, que jamás recibió así formadas.
§ 3. Las ideas complejas son modos, substancias o relaciones.

Cualquiera que sea la manera como las ideas complejas se componen y descomponen, y aun cuando su número sea infinito, y no tenga término la variedad con que llenan y ocupan los pensamientos de los hombres, sin embargo me parece que pueden comprenderse todas dentro de estos tres capítulos:

1) Los modos.
2) Las substancias.
3) Las relaciones.
§ 4. Los modos.

Primero, llamo modos a esas ideas complejas que, cualquiera que sea su combinación, no contengan en sí el supuesto de que subsisten por sí mismas, sino que se las considera como dependencias o afeccio­nes de las substancias. Tales son las ideas significadas por las palabras triángulo, gratitud, asesinato, etc. Y si empleo la palabra modo en un sentido un tanto diferente de su significación habitual, pido per­dón; pero es que resulta inevitable en las disertaciones que se desvían de las nociones comúnmente recibidas, ya sea fabricar palabras nuevas, ya usar palabras viejas con una significación un tanto nueva, y este último expediente es quizá el más tolerable para el presente caso.
§ 5. Modos simples y mixtos.

Hay dos clases de estos modos que merecen consideración separada. Primero, hay algunos que sólo son variaciones o combinaciones diferentes de una y la misma idea simple, sin mezcla de ninguna otra. Por ejemplo, una docena, una veintena, que no son sino las ideas de otras tantas unidades distintas que han sido sumadas, y a éstas llamo modos simples, en cuanto que quedan contenidas dentro de los lími­tes de una idea simple. Pero, segundo, hay algunos otros compuestos de ideas simples de diversas es­pecies, que han sido unidas para producir una sola idea compleja; por ejemplo, la belleza, que consiste en una cierta composición de color y forma que produce gozo en el espectador, y el robo, que siendo la oculta mudanza de la posesión de alguna cosa, sin que medie el consentimiento de su dueño, contiene, como es patente, una combinación de varias ideas de diversas clases; y a éstos llamo modos mixtos.
§ 6. Substancias singulares o colectivas.

Segundo, las ideas de las substancias son aquellas combinaciones de ideas simples que se supone representan distintas cosas particulares que subsisten por sí mismas, en las cuales la supuesta o con­fusa idea de substancia, tal como es, aparece siempre como la primera y principal. Así, si a la substancia se une la idea simple de un cierto color blanquecino apagado, con ciertos grados de pesantez, de du­reza, de ductilidad y de fusibilidad, tenemos la idea del plomo; y una combinación de las ideas de una cierta forma, con los poderes de moverse, pensar y razonar, unidas a la de substancia, produce la idea común de un hombre. Ahora bien, también de las substancias hay dos clases de ideas: la una, de subs­tancias singulares, según existen separadas, como de un hombre o una oveja; la otra, de varias subs­tancias reunidas, como un ejército de hombres, o un rebaño de ovejas; las cuales ideas colectivas de varias substancias así reunidas, son, cada una, tan una sola idea como lo es la de un hombre o de una unidad.

§ 7. La relación.

Tercero, la última especie de ideas complejas es la que llamamos relación, que consiste en la considera­ción y comparación de una idea con otra. Trataremos por su orden de estas tres especies de ideas.
§ 8. Las ideas más abstrusas proceden de las dos fuentes:

la sensación o la reflexión. Si seguimos paso a paso el progreso de nuestra mente, y si observamos con atención cómo repite, suma y une las ideas simples que ha recibido de la sensación o de la reflexión, nos veremos conducidos más allá de donde en un principio, quizá, podríamos habernos imaginado. Y si ob­servamos cuidadosamente los orígenes de las nociones que tenemos, encontraremos, así lo creo, que ni siquiera las ideas más abstrusas, por más alejadas que puedan parecer de la sensación o de cualquiera operación de nuestra propia mente no son, sin embargo, sino ideas que el entendimiento forma para sí mismo, repitiendo y uniendo ideas que ha recibido, ya de los objetos sensibles, ya de sus propias opera­ciones acerca de esas ideas. De tal suerte que aun las ideas más amplias y más abstractas proceden de la sensación o de la reflexión, ya que no son sino lo que la mente, por el uso común de sus propias fa­cultades ocupadas en las ideas recibidas de los objetos sensibles, o de las operaciones que acerca de ellas observa en sí misma, puede alcanzar y de hecho alcanza. Esto es lo que intentaré mostrar respecto de las ideas que tenemos del espacio, del tiempo, y de la infinitud, y de algunas otras que parecen las más remotas de aquellos dos orígenes.

Fuente:
http://www.terra.es/personal/ofernandezg/ensayo1.htm

LOCKE
Texto 1B
Ensayo sobre el entendimiento humano
libro II, cap. 32.
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CAPÍTULO 32
De las ideas verdaderas y falsas
§ 1. La verdad y la falsedad pertenecen propiamente a las proposiciones.

Aunque, hablando con propiedad, la verdad y la falsedad sólo pertenecen a las proposiciones, sin em­bargo, frecuentemente se dice de las ideas que son verdaderas o falsas, porque ¿qué palabras hay que no se usen con gran latitud, y con alguna desviación de su significación estricta y propia?, si bien creo, que, cuando se dice de las ideas mismas que son verdaderas o falsas, todavía hay alguna secreta o tácita proposición que es el fundamento de esa manera de decir, como veremos, si examinamos las oca­siones particulares en que acontece que así se las denomine.

Encontraremos, en esas ocasiones, al­guna clase de afirmación o de negación, que es la razón de aquella denominación. Porque como nues­tras ideas no son sino meras apariencias o percepciones en nuestra mente, no más se puede con pro­piedad y llaneza decir de ellas que son verdaderas o falsas, que pueda decirse de un mero nombre de alguna cosa que es verdadero o falso.
§ 2. La verdad metafísica contiene una proposición tácita.

Sin duda, tanto de las ideas como de las palabras se puede decir que son verdaderas en un sentido metafísico de la palabra verdad, así como de todas las cosas, que existen de cualquier modo, se dice que son verdaderas; es decir, que realmente son tal como existen. Aunque en las cosas que se dicen verdaderas, aun en ese sentido, hay, quizá, una secreta referencia a nuestras ideas, vistas como el pa­trón de esa verdad, lo cual equivale a una proposición mental, aun cuando habitualmente no se repare en ella.
§ 3. Ninguna idea, en cuanto apariencia en la mente, es verdadera o falsa.

Empero, no es en ese sentido metafísico de la verdad en el que aquí inquirimos, cuando examinamos si nuestras ideas son capaces de ser verdaderas o falsas, sino en la aceptación más común de esas pala­bras. Esto aclarado, digo que, como las ideas en nuestra mente sólo son otras tantas percepciones o apariencias en ella, ninguna es falsa.

Así, la idea de un centauro no contiene más falsedad, cuando apa­rece en nuestra mente, que la que pueda contener el nombre de centauro cuando se pronuncia por nuestros labios, o cuando se escribe en papel. Porque, como la verdad y la falsedad consisten siempre en alguna afirmación o negación, mental o verbal, ninguna de nuestras ideas son capaces de ser falsas antes de que la mente pronuncie algún juicio sobre ellas, es decir, afirme o niegue algo de ellas.

§ 4. Las ideas, en cuanto referidas a algo, pueden ser verdaderas o falsas.

Siempre que la mente refiera cualquiera de sus ideas a cualquier cosa extraña a ellas, entonces son capaces de ser llamadas verdaderas o falsas. Porque, en semejante referencia, la mente hace una su­posición tácita acerca de su conformidad con aquella cosa; la cual suposición, según sea verdadera o falsa, así serán denominadas las ideas mismas. Los casos más usuales en que acontece eso son los siguientes:

§ 5. Las ideas de otros hombres, la existencia real y las supuestas esencias reales son aquello a lo que los hombres usualmente refieren sus ideas.

Primero, cuando la mente supone que alguna de sus ideas es conforme a la que hay en la mente de otros hombres, designada por el mismo nombre común; cuando, por ejemplo, la mente pretende o juzga que sus ideas de la justicia, de la temperancia, de la religión, son las mismas que aquellas a las cuales otros hom­bres dan esos nombres.

Segundo, cuando la mente supone que una idea que tiene en sí misma es conforme a una existencia real. Así, las ideas de un hombre y de un centauro, en cuanto se supongan ser las ideas de substancias reales, son verdadera la una y falsa la otra, puesto que la una es conforme a lo que realmente ha existido, mientras que la otra no.
Tercero, cuando la mente refiere cualquiera de sus ideas a esa constitución real y esencia de una
cosa de donde dependen todas sus propiedades; y en este caso, la mayor parte de nuestras ideas de las substancias, si no todas, son falsas.
§ 6. La causa de semejantes referencias.

Éstas son unas suposiciones que con mucha facilidad se inclina la mente a hacer, tocante a sus propias ideas. Sin embargo, si examinamos la cuestión, veremos que principalmente, ya que no totalmente, las hace respecto a sus ideas complejas abstractas. Porque, como la mente tiene una natural tendencia hacia el conocimiento, y como descubre que si procediera deteniéndose tan sólo en las cosas particula­res sus progresos serían muy lentos y su trabajo inacabable, por lo tanto, para hacer más corto su ca­mino hacia el conocimiento, y para lograr que cada una de sus percepciones sea más comprensiva, lo primero que hace, como base para facilitar la ampliación de sus conocimientos, ya sea contemplando las cosas mismas que desea conocer, ya sea conversando con otros acerca de esas cosas, es ligarlas en haces, y de ese modo reducirlas a ciertas clases, con el fin de que el conocimiento que adquiera acerca de cualquiera de esas cosas, lo pueda, así, extender con certidumbre a todas las demás cosas de esa clase, y de ese modo pueda avanzar con pasos mayores en el conocimiento, que es su gran negocio.

Tal es, como lo he mostrado en otra parte, la razón por la cual reunimos las cosas, reduciéndolas a gé­neros y especies, a tipos y clases, en ideas comprensivas a las cuales les anexamos ciertos nombres.
§ 7. El nombre supone una esencia.

Por lo tanto, si miramos con esmero los movimientos de la mente, y observamos el camino que habi­tualmente toma en su marcha hacia el conocimiento, veremos, me parece, que una vez que la mente ha adquirido una idea, ya por vía de la contemplación, ya por vía de comunicación con otros, idea que es­tima le puede ser útil, lo primero que hace es abstraerla y en seguida ponerle un nombre, y de ese modo la deposita en su almacén, la memoria, como conteniendo la esencia de esa clase de cosa, de cuya esencia aquel nombre es siempre su señal o etiqueta. De aquí acontece lo que con frecuencia podemos observar que, cuando alguien ve una cosa nueva de una especie que no conoce de inmediato pregunta qué cosa es ésa, no inquiriendo en esa pregunta sino por el nombre; como si el nombre llevase consigo el conocimiento de la especie de la cosa, o de su esencia, de la cual efectivamente se emplea como su señal, y generalmente se supone que la lleva anexa.
§ 8. Los hombres suponen que sus ideas deben corresponder a las cosas y al significado de los nombres.

Pero, como esta idea abstracta es algo en la mente, situado entre la cosa que existe y el nombre que se le ha dado, es en nuestras ideas en lo que consiste tanto la rectitud de nuestro conocimiento como la propiedad o inteligibilidad de nuestro hablar. Y de allí resulta que los hombres tengan tanta seguridad en suponer que las ideas abstractas que tienen en la mente son tales que se conforman con las cosas que existen fuera de ellos, y a las cuales refieren dichas ideas, y que también son las mismas ideas a las cuales los nombres que les dan pertenecen según el uso y la propiedad del idioma. Porque, faltando esa doble conformidad de sus ideas, advierten que piensan equivocadamente acerca de las cosas en sí mismas, y que hablan de ellas ininteligiblemente a los otros hombres.

§ 9. Las ideas simples pueden ser falsas en referencia a otras que llevan el mismo nombre, pero son las ideas menos aptas para ser falsas.

En primer lugar, pues, digo que cuando la verdad de nuestras ideas se juzga por la conformidad que guarden con las ideas que tienen otros hombres, y que comúnmente se significan por el mismo nombre, puede cualquiera de ellas ser falsa. Sin embargo, las ideas simples son, de todas, las menos aptas para equívocos de ese modo, porque un hombre puede fácilmente conocer, por sus sentidos y por la cotidiana observación, cuáles son las ideas simples significadas por sus varios nombres de uso común, ya que esos nombres son pocos en número, y tales que si hay alguna duda o error acerca de ellos, es fácil rec­tificarlos por medio de los objetos a que remiten. Por eso, rara vez alguien se equivoca en los nombres de ideas simples, aplicando, por ejemplo, el nombre rojo a la idea de verde, o el nombre dulce a la idea de amargo. Mucho menos fácil aún es que los hombres confundan los nombres de las ideas pertene­cientes a diversos sentidos, y que llamen a un color con el nombre de un sabor, etc.; de donde resulta evidente que las ideas simples que se denominan por algún nombre son por lo común las mismas ideas que los otros tienen y significan cuando emplean los mismos nombres.
§ 10. Las ideas de los modos mixtos son las más aptas para ser falsas en ese sentido.

Las ideas complejas son mucho más aptas para ser falsas a ese respecto; y las ideas complejas de los modos mixtos, mucho más que las ideas de las substancias, porque en las substancias (especialmente aquellas a las cuales se aplican nombres comunes y oriundos de cualquier idioma), algunas notables cualidades sensibles, que de ordinario sirven para distinguir una clase de otra, fácilmente impiden, a quienes se esmeran en el uso de las palabras, aplicarlas a clases de substancias a las cuales no perte­necen en absoluto. Pero, por lo que toca a los modos mixtos, andamos mucho más inciertos, ya que no es tan fácil determinar, acerca de diversas acciones, si han de ser llamadas justicia o crueldad, liberali­dad o prodigalidad. Así que, al referir nuestras ideas a las de otros hombres, ideas denominadas por los mismos nombres, puede ser que las nuestras sean falsas, y que la idea en nuestra mente, que expresa­mos con el nombre de justicia, quizá sea una idea que debiera tener otro nombre.

§ 11. O por lo menos a pensarse como falsas.

Pero, ya sea o no que nuestras ideas de los modos mixtos sean más susceptibles que cualesquiera otras a ser diferentes de aquellas de los otros hombres, que estén señaladas por un mismo nombre, esto por lo menos es seguro: que esta clase de falsedad se atribuye mucho más comúnmente a nuestras ideas de los modos mixtos, que a cualesquiera otras. Cuando se piensa que un hombre tiene una idea falsa de la justicia, de la gratitud o de la fama, no es por ninguna otra razón, sino porque su idea no está de acuerdo con las ideas que cada uno de esos nombres significan en la mente de otros hombres.
§ 12. ¿Por qué?

La razón de eso me parece ser ésta: que, como las ideas abstractas de los modos mixtos son combina­ciones voluntarias de una colección precisa de ideas simples, y como, por eso, la esencia de cada espe­cie se forja solamente por los hombres, de manera que de esa esencia carecemos de todo patrón sensi­ble que exista en alguna parte, salvo el nombre mismo, o la definición de ese nombre, no tenemos nin­guna otra cosa a la cual referir estas nuestras ideas de los modos mixtos, como a un patrón que sirva para conformarlas, sino a las ideas de quienes se piensa que usan esos nombres en su significado más propio; de manera que, según nuestras ideas se conformen o difieran de aquéllas, pasan por ser verda­deras o falsas. Y baste esto por lo que toca a la verdad y a la falsedad de nuestras ideas en referencia a sus nombres.

§ 13. En cuanto referidas a las existencias reales, ninguna de nuestras ideas puede ser falsa, salvo las de substancias.

En segundo lugar, en cuanto a la verdad o falsedad de nuestras ideas en relación a la existencia real de las cosas, cuando es ésta lo que se pone como patrón de su verdad, ninguna de ellas puede llamarse falsa, sino tan sólo las ideas complejas de las substancias.
§ 14. Primero, las ideas simples no pueden ser falsas a ese respecto y por qué.

Primero, como nuestras ideas simples son meramente esas percepciones, que Dios nos ha dispuesto a recibir, y ha dado poder a los objetos externos para que las produzcan en nosotros, de acuerdo con las leyes y las vías establecidas en razón de su sabiduría y bondad, aunque incomprensibles para nosotros, resulta que la verdad de tales ideas no consiste en nada más que en semejantes apariencias, tal como se producen en nosotros.

Y necesariamente tienen que estar de acuerdo con aquellos poderes con que Dios ha dotado a los cuerpos externos, pues de otro modo no se podrían producir en nosotros. De ma­nera que, en cuanto que son respuesta a esos poderes, dichas ideas son lo que deben ser: ideas verda­deras. Y tampoco esas ideas se hacen acreedoras a la imputación de falsas, si la mente juzga (como creo que acontece en la mayoría de los hombres) que esas ideas están en las cosas mismas; porque, como Dios en su sabiduría las estableció como señales para distinguir las cosas a fin de que podamos discernir una cosa de otra y de que, de ese modo, podamos elegir cualquiera de ellas para nuestro uso según haya ocasión, en nada altera la naturaleza de nuestras ideas simples que pensemos que la idea de azul está en la violeta misma, o que pensemos que sólo está en nuestra mente, y que no hay en la violeta sino el poder de producir esa idea, por la textura de sus partes, al reflejar de una cierta manera las partículas de luz. Porque, como una tal textura en el objeto, gracias a una uniforme y constante ope­ración, produce en nosotros mismos la idea de azul, eso basta para hacernos distinguir por la vista ese objeto de las demás cosas, sea que esa marca distintiva, según realmente está en la violeta, sólo sea una textura peculiar de sus partes, o bien que sea ese color mismo, cuya idea (que está en nosotros) es una semejanza exacta. Y es esa apariencia la que igualmente hace que se le dé el nombre de azul, sea que ese color exista realmente o que tan sólo la peculiar textura de la violeta baste para causar en noso­tros esa idea, porque el nombre de azul no denota propiamente otra cosa, sino esa marca distintiva que está en la violeta, sólo discernible por la vista, sea lo que fuere en lo que consista, ya que está más allá de nuestras capacidades conocer esto con distinción, y quizá sería de menos utilidad para nosotros, si tuviéramos facultades para semejante discernimiento.
§ 15. Y eso a pesar de que la idea de azul que tuviera un hombre fuese diferente a la de otro hom­bre.

Tampoco podría imputarse falsedad a nuestras ideas simples, si las cosas estuvieran ordenadas de modo que por la diferente estructura de nuestros órganos un mismo objeto produjera, al mismo tiempo, diferentes ideas en las mentes de diversos hombres. Por ejemplo, que la idea que produjera una violeta en la mente de un hombre por conducto de su vista fuese la misma idea producida en la mente de otro hombre por una caléndula, y viceversa. Porque, como esto no podría jamás saberse, ya que la mente de un hombre no podría pasar al cuerpo del otro, a fin de percibir qué apariencias se producían por esos órganos, ni las ideas así formadas, ni los nombres que las denotan tendrían confusión alguna, ni habría falsedad en las unas y en los otros; porque, como todas las cosas que tuvieran la misma textura de una violeta producirían de un modo constante la idea que uno de esos hombres denominaría azul, y aquellas que tuvieran la textura de una caléndula producirían de un modo constante la idea que constantemente ha denominado amarillo fueren cuales fueren las apariencias que tuviere en su mente, podría distinguir con igual constancia, por su uso, las cosas que tuvieran esas apariencias, y podría también entender y dar a entender esas distinciones señaladas por las palabras azul y amarillo, como si las ideas en su mente, recibidas de esas dos flores, fueran exactamente las mismas que las ideas recibidas por la mente de otros hombres. Sin embargo, yo me inclino mucho a pensar que las ideas sensibles producidas por cualquier objeto en la mente de diferentes hombres son, por lo común, muy cercana e indiscerniblemente parecidas. Me parece que son muchas las razones que se podrían ofrecer en favor de esa opinión; pero como es cosa ajena a mi asunto no quiero molestar a mi lector con ellas, sino tan sólo advertirle que la suposición contraria, caso de poderse probar, es de tan poca utilidad, ya para el adelanto de nuestros conocimientos, ya para la comodidad de la vida, que no hace falta molestarnos en examinarla.

§ 16. Las ideas simples, a ese respecto (con relación a las cosas exteriores), no son falsas, y por qué.

De cuanto se ha dicho tocante a nuestras ideas simples, me parece evidente que nuestras ideas simples no pueden, ninguna de ellas, ser falsas con respecto a las cosas que existen fuera de nosotros. Porque, como la verdad de esas apariencias o percepciones en nuestra mente no consiste, como se ha dicho, sino en su responder a los poderes de los objetos externos para producir por medio de nuestros sentidos semejantes apariencias, y como cada una de ellas es, de hecho, en la mente conforme al poder que la produjo, al cual únicamente representa, no puede ser falsa por ese motivo, o en cuanto referida a seme­jante modelo. Azul o amarillo, amargo o dulce, son ideas que jamás pueden ser falsas; esas percepcio­nes en la mente son justamente tales cuales son: respuestas a los poderes que Dios ha establecido para producirlas, de manera que son verdaderamente lo que son, y lo que se ha intentado que sean. Cierta­mente, es posible que los nombres se apliquen mal; pero eso, a este respecto, no acarrea ninguna false­dad en la idea, como es el caso de un hombre ignorante de la lengua inglesa, que llame purple (púrpura) al scarlet (escarlata).
§ 17. Segundo, los modos no son falsos.

En segundo lugar, tampoco pueden ser falsas nuestras ideas complejas de los modos, con referencia a la esencia de cualquier cosa realmente existente. Porque cualquier idea compleja que tenga de cualquier modo no hace ninguna referencia a ningún modelo existente y hecho por la naturaleza. No se supone que contenga en sí ningunas otras ideas de las que tiene, ni que represente nada que no sea semejante complejo de ideas como el que representa. Así, cuando tengo la idea de una tal acción de un hombre, que se abstiene de procurarse el alimento, la bebida, la ropa y demás necesidades de la vida, según sus riquezas y su hacienda pueden suficientemente proporcionarle y su estado social requiere, no tengo ninguna idea falsa, sino una idea tal que representa una acción, ya sea como la descubro, ya sea como la imagino, de manera que, por eso, no es susceptible ni de verdad, ni de falsedad. Pero cuando a esa acción le doy el nombre de frugalidad o de virtud, entonces puede ya decirse que es una idea falsa, si de ese modo se supone que esté de acuerdo con aquella idea a la que, propiamente hablando, pertenece el nombre de frugalidad, o que se conforme con aquella ley que es el patrón de la virtud y del vicio.
§ 18. Tercero, cuándo las ideas de las substancias son falsas.

Como nuestras ideas complejas de las substancias quedan todas referidas a modelos en las cosas mis­mas, pueden ser falsas. Que tales ideas sean todas falsas cuando se las mira como las representacio­nes de las esencias desconocidas de las cosas es tan evidente que no hace falta decir nada acerca de ello.

Por lo tanto, no me ocuparé en esa suposición quimérica, y las consideraré como colecciones de ideas simples en la mente, sacadas de combinaciones de ideas simples que constantemente existen juntas en las cosas, y de cuyos modelos se supone son copias; y en esta referencia de dichas ideas a la existencia de las cosas, son ideas falsas:

1) Cuando reúnen ideas simples que no tienen unión en la existencia real de las cosas; como cuando a la forma y tamaño que existen juntos en un caballo, se une, en la misma idea compleja, la capacidad de ladrar como un perro; las cuales tres ideas, como quiera que se junten en la mente para formar una idea, nunca se dan unidas en la naturaleza, y por eso a esta idea se puede llamar una idea falsa de un caballo.

2) Las ideas de las substancias, a este respecto, también son falsas cuando, de cualquier colección de ideas sim­ples que en efecto existan siempre juntas, se separa, por una negación directa, cualquier otra idea simple que constantemente se halla unida a aquéllas. Así, si a la extensión, a la solidez, a la fusibilidad, a la peculiar pe­santez y al color amarillo del oro, cualquiera junta en su pensamiento la negación de un mayor grado de fijeza que la que hay en el plomo o el cobre, puede decirse que esa persona tiene una idea compleja falsa, del mismo modo que cuando junta a esas otras ideas simples la idea de una fijeza perfecta y absoluta. Porque, en ambos casos, como la idea compleja de oro está formada de unas ideas simples que en la naturaleza no están reuni­das, puede decirse que es falsa. Empero, si de esa su idea compleja deja afuera completamente la idea de fi­jeza, sin que efectivamente la junte o la separe del resto en su mente, entonces me parece que se debe mirar más bien como una idea inadecuada e imperfecta, que no como falsa; porque si bien no contiene todas las ideas simples que están juntas en la naturaleza, de todos modos no reúne ningunas ideas, sino las que real­mente existen juntas.
§ 19. La verdad y la falsedad suponen siempre la afirmación o la negación.

Aun cuando, condescendiendo con la manera común de hablar, he mostrado en qué sentido y sobre qué fundamento pueden llamarse algunas veces verdaderas o falsas nuestras ideas, sin embargo, con tal de que miremos un poco más de cerca el asunto en todos los casos en que una idea se dice verdadera o falsa, es a partir de algún juicio que hace la mente, o que se supone que hace, de donde se dice que es verdadera o falsa.

Porque, como la verdad o la falsedad nunca están sin alguna afirmación o negación, expresa o tácita, sólo se encuentran allí donde se unen o separan signos, según el acuerdo o desa­cuerdo respecto a las cosas que significan.

Los signos que principalmente empleamos son ideas o pala­bras, con los cuales hacemos proposiciones mentales o verbales. La verdad consiste en unir o en sepa­rar esos representantes, según que las cosas que representan estén, en sí mismas, de acuerdo o no; y la falsedad consiste en lo contrario, como más adelante se mostrará más plenamente.
§ 20. En sí mismas, las ideas no son ni verdaderas ni falsas.

Por lo tanto, de toda idea que tengamos en la mente, conforme o no a la existencia de las cosas, o a otras ideas en la mente de otros hombres, no podrá por sólo eso, decirse que es falsa.

Porque estas representaciones, si solamente contienen lo que realmente existe en las cosas externas, no pueden ser consideradas falsas, puesto que son representaciones exactas de algo. Ni tampoco, si contienen algo diferente a la realidad de las cosas, puede decirse propiamente que sean representaciones o ideas fal­sas de las cosas que no representan, sino que el equívoco y la falsedad tiene lugar:
§ 21. 1) Cuando se juzga que están de acuerdo con la idea de otro hombre, sin estarlo. Primero, cuando te­niendo la mente una idea, juzga y concluye que es la misma que otra idea en la mente de otros hombres, significada por el mismo nombre, o que está de acuerdo con la significación o definición comúnmente reci­bida de esa palabra, si, en efecto, no hay tal acuerdo; equívoco, el más usual respecto a los modos mixtos, aunque otras ideas también pueden incurrir en él.
§ 22. 2) Cuando se juzga que están de acuerdo con la existencia real, sin estarlo. Segundo, cuando te­niendo la mente una idea completa formada de una colección de ideas simples, tales como la naturaleza nunca junta, juzga la mente que su idea está de acuerdo con una especie de criaturas realmente existente; como cuando reúne la pesantez del estaño al color, a la fusibilidad y a la fijeza del oro.
§ 23. 3) Cuando se juzgan ser adecuadas, sin serlo. Tercero, cuando en su idea compleja la mente ha unido un cierto número de ideas simples que en efecto existen juntas en alguna clase de criaturas, pero al mismo tiempo ha dejado fuera otras ideas igualmente inseparables, y juzga que esa su idea es una idea completa perfecta de una clase de cosas, cuando en realidad no lo es. Así, por ejemplo, habiendo juntando las ideas de substancia, de amarillo, de maleable, de muy pesado y de fusible, la mente toma esa idea compleja como una idea completa del oro, cuando, sin embargo, la fijeza peculiar del oro y su solubilidad en agua regia son tan inseparables de aquellas otras ideas o cualidades de dicho cuerpo, como éstas lo son las unas de las otras.
§ 24. 4) Cuando se juzga que representan la esencia real. Cuarto, aún mayor es el equívoco cuando yo juzgo que esta idea compleja contiene en sí misma la esencia real de cualquier cuerpo existente, puesto que lo más que contiene es solamente algunas pocas de esas propiedades que fluyen de su esencia y constitución. Y digo solamente algunas pocas de esas propiedades, porque, como esas propiedades con­sisten, en su mayoría, en poderes activos y pasivos que tiene el cuerpo respecto de otras cosas, todas las propiedades de un cuerpo que vulgarmente son conocidas y de las cuales usualmente se forman las ideas complejas de las clases de cosas no son sino muy pocas en comparación con lo que un hombre que la haya de diversos modos probado y examinado conoce acerca de esa precisa clase de cosas; y todas las que pueda conocer el hombre más experto no son sino pocas en comparación con las que en realidad se hallan en ese cuerpo, y que dependen de su constitución interna o esencial. La esencia de un triángulo es muy limitada: consiste en muy pocas ideas; tres líneas que cierran un espacio componen esa esencia. Pero las propiedades que fluyen de esa esencia son más de las que fácilmente pueden conocerse o enumerarse. Así me imagino que acontece respecto a las substancias: sus esencias reales quedan comprendidas entre límites estrechos, aunque las propiedades que fluyen de esa interna constitución son un sinfín.

§ 25. Cuándo son falsas las ideas.

Para concluir, como el hombre no tiene noción alguna de ninguna cosa fuera de él, sino por la idea que tenga de ella en su mente (la cual idea el hombre tiene poder para llamarla por el nombre que le venga en gana), puede, ciertamente, forjarse una idea que ni responda a la realidad de las cosas, ni vaya de acuerdo con las ideas comúnmente significadas por las palabras de otros hombres, pero no puede ha­cerse una idea equivocada o falsa de una cosa que no conoce de otro modo que no sea por la idea que tiene de ella.

Por ejemplo, cuando formo la idea de las piernas, los brazos y el cuerpo de un hombre, y le junto la cabeza y el pescuezo de un caballo, no forjo una idea falsa de nada, porque no representa nada que esté fuera de mí. Pero cuando la llamo hombre o tártaro, e imagino que representa a algún ser real fuera de mí, o bien, que es la misma idea que otros llaman por el mismo nombre, entonces, en ambos casos, puedo errar. Y es, con semejante motivo, como viene a decirse que es una idea falsa, aun cuando, en efecto, la falsedad no radica en la idea, sino en esa proposición mental tácita en que se le atribuye a la idea una conformidad o semejanza que no tiene. Pero, de todos modos, si habiendo forjado esa idea en mi mente, sin pensar que la existencia o el nombre de hombre o de tártaro le pertenecen, me empeño en llamarla hombre o tártaro, con justicia se podrá pensar que soy fantástico en esa dotación de nombre, pero no que sea erróneo mi juicio, ni que la idea sea en modo alguno falsa.
§ 26. Con más propiedad pueden llamarse las ideas correctas o equivocadas.

Acerca de todo este asunto pienso que nuestras ideas, en cuanto las considera la mente con referencia al significado propio de sus nombres, o bien con referencia a la realidad de las cosas, muy aptamente pueden llamarse ideas correctas o equivocadas, según que se conformen, o no, a aquellos modelos a los cuales quedan referidas. Pero si alguien prefiere llamarlas verdaderas o falsas es justo que se use de la libertad que todos tenemos de llamar las cosas por los nombres que nos parezca mejor; aunque, en propiedad de habla, me parece que verdad y falsedad son nombres que apenas les convienen, salvo en cuanto que, de un modo u otro, las ideas contienen virtualmente alguna proposición mental.

Las ideas que están en la mente de un hombre, consideradas simplemente, no pueden estar equivocadas a no ser las ideas complejas en las cuales estén mezcladas partes incompatibles. Todas las demás ideas son, en sí mismas, correctas, y el conocimiento acerca de ellas es un conocimiento correcto y verdadero; pero cuando venimos a referirlas a cualquier cosa como sus modelos y arquetipos, entonces son capaces de ser equivocadas en la medida que desacuerden con dichos arquetipos.

J. Locke: Ensayo sobre el entendimiento humano. Fondo de Cultura Económica.
Fuente: ídem. p.p. 381-397.
MESOGRAFÍA
http://www.terra.es/personal/ofernandezg/ensayo2.htm